sábado, 15 de agosto de 2009

La historia de Carolina

11 de Diciembre de 1785
Carolina nació y se crió en el seno de una familia adinerada. La menor de tres hermanos, tras la muerte de su madre nada más nacer ella, siempre había estado sobre protegida. En el pueblo todo el mundo la adoraba, la felicidad que irradiaba a su paso la contagiaba con un simple saludo o una sonrisa, hasta tal punto que, como muchos decían, era capaz de transformar un apático lunes en un hermoso domingo de verano.
Los años se sucedían y la pequeña Carolina se convirtió en una bella mujer. Numerosos mozos de la zona acudieron a la casa familiar para intentar cortejarla, pero en cada intento se topaban con la gruesa muralla firme de sus dos hermanos mayores y si por cualquier excusa la muralla era flanqueada, siempre quedaba como último baluarte la poderosa torre en que se había convertido su padre una vez su esposa falleció. Pero eso a Carolina no la importaba.
Como en buena historia que se precie, algo pasó que trastocó los planes de la buena familia y esto fue la llegada al pueblo de un nuevo doctor.
Hector, que así se llamaba el buen doctor, pasaba todos los días consulta en el porche de su casa cuando hacía buen tiempo y al abrigo de la chimenea los fríos dias de invierno, por casualidades de la vida y una mala higiene bucal, una mañana el hermano mayor de Carolina despertó con un enorme flemón en el carrillo. Su padre asustado pidió ayuda al buen doctor, y este ni corto ni perezoso se presentó en casa con unos alicates y una pequeña botella de orujo.
Veinte minutos después encontramos al padre de Carolina abrazado al médico y deshaciendose en elogios, al hermano borracho en el sillón del salón con una muela menos, al doctor rojo con un tomate argumentando que solo era su deber y a Carolina escondida tras la puerta totalmente fascinada por lo que una persona podía hacer para aliviar el sufrimiento de otras.
Desde ese día todos los viernes por la noche el buen doctor cenaba en casa de Carolina y esta a su vez no se perdía la consulta de Hector bajo ningun concepto. Al cabo de los años, el doctor se acercó a la casa familiar y abordó humildemente al padre por deseo expreso de la joven.
Carolina quería ser médico y él ya no podía enseñarla más. Ahora debía trasladarse al hospital de la capital, donde buenos médicos continuarían lo que él había empezado. El padre hecho una furia expulsó al buen doctor de la casa culpandole de meter pájaros en la cabeza de la niña de sus ojos y cortés pero tajantemente le invitó a que no apareciera por allí jamás. Carolina lloró amargamente durante días, su sueño de poder aliviar el sufrimiento a las personas se rompió como una fina lámina de cristal al golpear contra el suelo.
Y de nuevo entra en escena una nueva casualidad de la vida, esta vez en forma de terrible enfermedad que en cuestión de semanas convirtió la floreciente aldea en un pueblo fantasma, primero fue el barrio de los pobres, pero con el tiempo no hizo distinción y fueron muriendo los demás uno por uno hasta que solo quedó el buen doctor y su ayudante Carolina. La mala suerte quiso cebarse con la joven y una buena mañana en la que el doctor se levantó temprano para quemar los últimos cuerpos, desayunó un bol de leche con unas gachas de avena, se recostó en la cama para reposar y allí exhaló su último suspiro.
Carolina estaba destrozada, no tenía familia, no tenía a nadie en el mundo y si seguía allí probablemente muriera en breve, así que rápidamente cogió algo de ropa, avituallamiento algún que otro cacharro y lo único que ahora la unía al difunto doctor, su negro maletín, y marchó a la capital donde intentaría labrarse un futuro.
Los días fueron pasando y el camino se hacía cada vez mas duro y difícil, siempre que veía una colina en el horizonte se imaginaba que detrás aparecerían las hermosas cúpulas de marmol de la orgullosa capital pero en vez de eso ante ella se elevaba otra nueva colina y su espíritu, antaño fuerte, desfallecía. Tan solo su fe en la medicina le ayudaba a continuar día a día, noche tras noche.
Y una nueva casualidad se topó con la joven Carolina, esta vez como un llanto de bebé que esta escuchó al pasar por delante de una frondosa cueva.
Y de esa forma se presentaba su primera urgencia sola. Arrancando una de las mangas de su camisa y con un palo recio hizo una buena antorcha y con ella se internó en su interior. Posiblemente se tratara de una mujer a la que la sorprendió el parto en el camino y se tuvo que refugiar allí. Para atenderla necesitaría agua caliente y el río pasaba cerca de allí y con su cazuela podría hervirla sin problemas, para tapar a la criatura neonata contaba con su pelliza de lana y si la mujer tenía algun tipo de hemorragia, ya improvisaría con lo que llevaba en su hatillo.
La cueva cada vez se hacía más pequeña y en uno de sus recodos el estrecho canal dio paso a una gran galería de piedra caliza y la antorcha dejó de alumbrar. La negrura lo envolvía todo. Lo sorprendente era que aunque no se distinguía nada a dos palmos de distancia, la antorcha seguía encendida y eso asustó a Carolina con lo que se detuvo en seco. De nuevo el llanto del bebé taladró los oídos de la joven aspirante a médico, provenían de tan cerca que cualquiera diría que la criatura se encontraba a tan solo diez pasos pero la oscuridad la impedía ver. Al llanto del bebe se sumó el quejido de una mujer y eso bastó para que Carolina respirara hondo y siguiera adelante.
A medida que avanzaba la negrura cubrió su cuerpo, después se hizo poco a poco más densa con lo que avanzar fue tarea casi imposible. Posteriormente la respiración se le hizo muy complicada ya que la densa oscuridad le encogía los pulmones y al final se la tragó.
Acto seguido el llanto de bebé se dejó de oir y en su lugar la oscuridad se revolvió y dos enormes ojos de luz fría, intensa, pero que apenas alumbraba aparecieron de repente.
- El alma de una joven virgen me ha devuelto a la vida, aunque aún sigo débil, debo descansar.
Y la negrura ocultó de nuevo los ojos.

Moraleja: "Tres casualidades son muchas casualidades".

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