11 de Diciembre de 1911
Alejandro vivía en una enorme granja situada en lo alto de un frondoso valle. Dada la gran distancia a la que se encontraba del pueblo más cercano, Alex sólo disfrutaba de la compañía de sus padres. Desde pequeño observaba a su padre ejecutar todas las tareas que una granja así conllevaba, alimentar al ganado, mantenimiento de las instalaciones y un largo etcétera que ocupaban al cabeza de familia de sol a sol. Por las noches el pequeño ayudaba a su madre en las tareas domésticas aunque lo que más le divertía era la elaboración de riquísimas mermeladas con los productos cultivados en el huerto situado en la zona sur de la granja.
En la mañana de su décimo cumpleaños, Alejandro se despertó y vio a su padre sentado a los pies de su cama. Su rostro apenas se reconocía, el pelo lacio le caía sobre la cara y unas grandes arrugas poblaban su morena tez. De forma pausada y serena le explicó que su madre estaba gravemente enferma y los médicos no podían hacer nada por ella.
Alejandro se acercó al dormitorio de sus padres y dubitativo empujó la puerta de madera maciza y entró. Su madre se encontraba recostada en una vieja mecedora envuelta en numerosas mantas de lana. Su cara estaba pálida y por la comisura de los labios resbalaba un fino hilo de sangre que apresuró a limpiar con un pañuelo que escondía en una de sus mangas. La madre, al verlo, intentó sonreír como mejor pudo y con un aspaviento muy lento de sus brazos le invitó a acercarse. Alejandro vaciló angustiado y se situó de rodillas a los pies de su regazo. La madre acarició su pelo con lágrimas en los ojos y un débil susurro golpeó su pequeño corazón. Me muero.
Esa fue la última vez que Alejandro vio a su madre con vida. Dos días después fue enterrada cerca del huerto que con tanto cariño había cultivado año tras año. Desde ese día Alejandro comenzó a trabajar a las órdenes de su padre aunque la visión de su madre enferma, de la sangre corriendo por sus finos labios y empapando el pañuelo nunca desaparecieron de su cabeza.
Tres años después, una mañana fría de invierno, Alejandro abordó a su padre poco antes del desayuno y muy nervioso le dijo, quiero ir a la ciudad y estudiar medicina, papa quiero ser doctor. El padre le observó atentamente y tras pensarlo durante unos minutos le contestó con un profundo no, la granja necesitaba el máximo número de brazos disponibles si querían sacarla adelante. Alejandro no se inmutó ni tampoco abandonó su sueño de ser médico, si no podía ir a la ciudad a aprender a las órdenes de un buen doctor, lo haría por si mismo.
Así que día tras día, armado con varios cuchillos, tijeras y demás utensilios caseros, se dirigía por las noches a la pequeña fosa donde su padre arrojaba los cadáveres de los animales muertos y los diseccionaba para conocer todas las entrañas. Poco a poco fue descubriendo que lo que más ansiaba era conocer el cuerpo humano, los animales no eran iguales que los hombres, él quería ver cual era el motor de la vida, él quería ver un ser humano.
El invierno de su décimo séptimo cumpleaños trajo días de fuertes heladas que azotaron la región. Su padre, como todos los días, salía a trabajar de sol a sol hasta que un buen día no lo hizo. Alejandro se acercó al dormitorio y vio a su padre tendido en la cama sudando y diciendo frases ininteligibles, tras observarle detenidamente un buen rato se dio cuenta de que estaba delirando. La vida se escapaba de su fornido cuerpo día a día sin que él pudiera hacer nada, pero no cometería el mismo error que hizo que su madre se fuera de su lado. Pacientemente espero a que su padre se durmiera, fue a buscar su bolsa de utensilios quirúrgicos domésticos y comenzó con la disección.
Su padre abrió los ojos, presa de la fiebre pudo distinguir la cara de su hijo totalmente ensangrentada mirándole tiernamente. En sus manos sostenía uno de sus pulmones.
- Papa te vas a morir mira como tienes los pulmones. Están completamente encharcado de un líquido verdoso.
Un grito escalofriante escapó de la garganta del padre y expiró.
En cuanto el cuerpo de su difunto padre se pudrió y los huesos de su madre ya no le dieron mas pistas sobre la anatomía humana, Alejandro no supo que hacer. La granja estaba a su cargo y mantenerla era un trabajo muy duro aunque su juventud lo aguantaba bien. No era de echar su prometedora carrera a perder por falta de material de estudio, tenía que haber una solución factible.
La noche de Navidad, Alejandro subió la pequeña colina que daba al valle y miró hacia lo más profundo. Las luces de la ciudad titilaban en una graciosa combinación de colores festivos. Un pueblo en auge alberga numerosos conejillos listos para el estudio, sólo tendría que ir cada noche, seleccionar un espécimen y continuar con su trabajo como si nada.
Así que una vez a la semana, Alejandro provisto con un gran saco de harpillera, bajaba por la senda del río hasta la ciudad y dependiendo de su tema de estudio así era la víctima. Conocía perfectamente el funcionamiento de la nutrición, para ello abrió el orondo cuerpo del pastelero mientras este engullía violentamente pasteles de dos en dos. Conocía perfectamente donde se desarrollaba un niño antes del parto ya que una embarazada se descuidó de su marido por la noche y fue a parar a las manos de Alejandro. Conocía perfectamente el sistema reproductor humano gracias a una joven pareja que, buscando un poco de intimidad, habían aparcado su coche a una distancia prudencial a la salida de la ciudad. Todos los ciudadanos se alegraban de poder ayudar al joven Alejandro en su prometedora carrera de medicina o eso le parecía a él.
Pasados unos meses la gente del pueblo estaba aterrorizada. Unos cuantos pensaban que una bestia del diablo rondaba los bosques adyacentes, otros pensaban que el pueblo estaba maldito. Sólo Alejandro conocía la macabra realidad.
Una noche sin luna, Alejandro consiguió raptar a una pequeña de unos seis años de si mismo lecho. Con una sonrisa de oreja a oreja subió el agreste valle hasta su granja pensando en todo lo que investigaría con la tierna jovencita, entró en el desvencijado pajar y tras encender el candil de aceite acostó a la pequeña sobre el heno y la ató fuertemente a unas sogas preparadas para tal efecto. Abrió su maletín “regalo” de un viejo doctor al que había perforado la cabeza en busca de su conocimiento y extrajo un diminuto bisturí plateado. Alejandro tomó aire y espiró lentamente, acercó el filo hasta la garganta de la niña y antes de que pudiera asestar el tajo mortal, una fuerte ráfaga de aire apagó el candil y sumió la estancia en una oscuridad perpetua.
Alejandro se incorporó y buscó a tientas el candil cuando un montón de ojos se fueron abriendo de la nada sucesivamente y le miraron inquisitivamente.
- Tú nos has matado asesino, hemos venido a por ti.
Varias semanas después, la gente del pueblo en su batida en busca del misterioso secuestrador, encontraron el cuerpo frío de Alejandro desmembrado colgado de un enorme gancho preparado para la matanza del cerdo y creyendo que se trataba de una nueva víctima, lloraron su pérdida y siguieron con la búsqueda.
Nadie sintió la perdida de Alejandro y nadie se dio cuenta que desde ese día las desapariciones terminaron rotundamente. Lo que si cuentan las gentes del lugar es que la granja se volvió oscura y sombría y en los días en que el viento azota las laderas del valle se escuchan susurros humanos ufanos por su cumplida venganza.
sábado, 22 de agosto de 2009
viernes, 21 de agosto de 2009
La casa del millón de espiritus
11 de Diciembre de 2005
Carmen bajó del coche y comenzó a ascender por una cuesta de tierra oscura cuyo final lo coronaba una gran verja de hierro repujado bastante oxidada.
Trabajaba para una famosa galería de antigüedades desde hacía dos años, pero aún así su jefe nunca le había brindado la oportunidad de trabajar directamente con el cliente y poder hacerse con una suculenta cartera. Esta sería su gran oportunidad. Nerviosa, abrió de nuevo la carpeta con el dossier de su nuevo cliente que había sido preparado meticulosamente por la secretaria personal del dueño de la galería y leyó de nuevo todos y cada uno de los párrafos letra por letra, palabra por palabra.
El vendedor en este caso se trataba de un joven actor de poca monta francés que acababa de recibir una suculenta herencia de parte de la familia materna. Sus padres habían muerto hacía unos años en un terrible accidente de coche a las afueras de Hamburgo y como hijo único que era dilapidó la pequeña fortuna que le dejaron en una vida de libertinaje organizando fiestas y adquiriendo coches de gran cilindrada con los que asistía a la mayoría de los eventos de la alta sociedad de la capital francesa. Hace apenas un mes, al fallecer su abuela materna, el joven francés recibió de nuevo otra jugosa herencia: Unas propiedades en el interior y una antigua mansión decimonónica llena de recuerdos familiares de la que nada sabía.
Una de las mejores casas de subastas del país se había puesto en contacto con su galería para que hiciera inventario de todo lo que hubiera de valor y poder sacarlo al mercado antes de fin de año. Para eso estaba Carmen a punto de cruzar la verja de entrada y empezar con su trabajo.
Tras cruzar el descuidado jardín de entrada, Carmen se encontró con una increíble fachada de estilo colonial americano muy parecidas a las que se puedan encontrar en el barrio francés de Nueva Orleáns, pero totalmente inusuales en la península. Si no fuera porque se podía percibir el abandono en el que se encontraba ahora, la casa hubiera llamado la atención por su belleza romántica. La puerta de robusta madera estaba parcialmente abierta, así que Carmen cruzó el umbral y se plantó en el recibidor a la espera de su anfitrión.
- Hola, buenos días ¿hay alguien aquí?
- Bons jours mademoiselle, llega bastante temprano.
En lo alto de una gran escalinata que comunicaba el piso inferior con el superior apareció un joven apuesto vestido con un traje blanco. Con sutil gracia bajó lentamente los escalones saludó a Carmen con un leve beso en la mano y la pasó al interior.
- ¿Ha sido el viaje placentero señorita Costa?
- Bueno ha sido tranquilo.
Tras pasar unas puertas de doble hoja entraron en un salón comedor decorado muy al estilo medieval. Armaduras de diferentes siglos flanqueaban numerosas colecciones de espadas y arcos colgados en la pared por varias presillas de hierro. En el centro de la sala una gran mesa rectangular con varias sillas a su alrededor albergaba dos servicios preparados para la hora de comer. El joven francés señaló la silla de su izquierda y Carmen tomó asiento. Al momento personal de servicio se deslizó a sus espaldas y un apetitoso caldo de pollo humeaba en sus platos.
- ¿Qué le parece la colección de arte que poseo señorita Costa?
- Señor Faloux, he de decir que he quedado muy sorprendida, sinceramente. Sabía de la riqueza artística de su familia pero he de reconocer que todo esto rebasa mis expectativas.
- Realmente el arte siempre ha sido una debilidad en mi familia señorita Costa, desde varias generaciones mi familia ha atesorado innumerables joyas artísticas de incalculable valor en estos tiempos presentes. Desde cuadros de pintores consagrados que jamás han visto la luz hasta pequeñas filigranas de oro y piedras preciosas fabricadas por los joyeros más importantes de Francia y España. Y es que el arte puede ser un diminuto escorpión que cuando te pica estas perdido. ¿Y a usted cuando le pico el pequeño alacrán señorita Costa?
- Bueno si he de ser sincera todo empezó en el colegio de monjas donde estudié. Todo rodeado de antigüedades y con una hermosa basílica de estilo gótico donde rezábamos todas las mañanas.
- Ummm, interesante pasado el suyo señorita Costa. Sin duda alguna el arte cautiva de miles de maneras, pero ¿alguna vez ha oído alguna vez que el arte cobrara vida?
- Sinceramente no, señor Faloux.
- Pues acomódese en su butaca señorita Costa, porque lo que le voy a contar seguramente no venga en los libros de historia y posiblemente sean cuentos de viejas, pero como suelen decir ustedes los españoles cuando el río suena, agua lleva. Está la famosa historia de aquel pintor italiano cuyas obras cobraban vida una vez acabadas, pero esa historia no viene al caso y además no creo que haya mucho fondo auténtico en ella… Creo que la leyenda de la casa del millón de espíritus sea la más adecuada.
Corrían los primeros años de nuestra era cuando en la zona del Pirineo aragonés un poderoso druida se estableció huido de la Bretaña ocupada por las poderosas tropas de Julio Cesar. Tras levantar una casa de piedra a la orilla de un asentamiento Vaceo, comenzó con sus artes mágicas. Los lugareños asustados por los horribles ruidos y las extrañas luces que salían todas las noches por las ventanas, decidieron armarse de valor he ir a ver lo que allí acontecía. Armados con rudimentarias herramientas de trabajo cruzaron una noche el vado del río he irrumpieron en la casa del misterioso druida. Con los ojos atónitos contemplaron horrorizados como este anciano desangraba un bebe y se rociaba con su sangre mientras entonaba unos cánticos que subían de intensidad a medida que el ritual avanzaba. Y esto fue la gota que colmó el vaso para los campesinos. Con fuertes empujones sacaron al horrible brujo y en el medio de la villa lo quemaron sin ningún miramiento.
Mientras el cuerpo del anciano ardía, este todavía sacó fuerzas de flaqueza para echar una maldición que llegó al corazón de todos los presentes. Desde ese día hasta que el mundo muriera, esa casa se alimentaría de todo aquel ser humano que por sus proximidades apareciera.
Lo siguiente que se sabe es que los lugareños de la aldea vacea quemaron la casa por miedo a que la terrible maldición del desconocido druida se cumpliera.
Para poder continuar con la historia hay que referirse a un documento escrito por un historiador romano que doscientos años después narra las habladurías de un pequeño pueblo del sur de las montañas que separan Iberia del país galo que cuentan como en uno de los valles de la zona hay una aldea fantasma donde todos sus campesinos desaparecieron de la noche a la mañana y donde nadie ha vuelto a vivir.
Hay perdemos la pista de la llamada “casa encantada”. Varios siglos después encontramos de nuevo historias de peregrinos del camino de Santiago que cuentan como en una de las rutas se encuentra una misteriosa casa de acogida donde cualquier persona que se hospeda en ella desaparece sin dejar rastro.
Y año tras año, siglo tras siglo, la leyenda de la casa que aparece y se lleva la vida de todo aquel que mora en ella crece a ritmo vertiginoso por toda la geografía de la península. Hay referencias a ella tanto en el norte como en el sur, el este como en el oeste. Pero quizá la que mas impacte es la referida a la horrorosa guerra civil que sufristeis el siglo pasado, donde se cuenta como una compañía entera de milicianos republicanos se refugió en una gran casa de piedra situada a las afueras de un pueblo el cual iba a ser bombardeado por la aviación nacional. Después de tres duros días de bombardeo, las tropas del general Franco entraron en lo que quedaba del pueblo para no encontrar nada. Ni rastro de la compañía republicana y lo que es todavía un gran misterio ni rastro de la enorme casa de piedra situada en el camino de entrada. Peor suerte corrió aquel soldado republicano que, tras desertar de sus filas fue a informar al capital nacional de donde se encontraban hospedadas las desaparecidas tropas rojas, y todo por su supuesta mentira.
- Pero como ha dicho usted señor Faloux, no son más que cuentos de vieja, antiguas leyendas españolas.
- Puede ser señorita Costa, pero ¿y si después de todo fuera verdad? Tenga usted en cuenta que hay fuentes que pueden constatar la existencia de dicha casa.
- Siento desilusionarle señor Faloux pero no soy de ese tipo de personas que creen en ese tipo de cuentos que cuentan a los niños pequeños a la luz de una hoguera en un campamento de verano.
- Pues sinceramente señorita Costa debería creerlas, ya que está ahora mismo viviendo una de ellas.
Después de tres días sin tener noticias de la joven anticuaria, la compañía para la que trabajaba dio parte a la policía de su desaparición. Dos días después la Guardia Civil encontró su coche en una explanada de tierra cerca de un páramo rural donde acababa un antiguo sendero de caza. De la joven nunca se volvió a saber y su caso fue archivado años después.
Tres años más tarde una hermosa casa decimonónica restaurada se ponía a la venta en una apartada urbanización de la capital española.
Carmen bajó del coche y comenzó a ascender por una cuesta de tierra oscura cuyo final lo coronaba una gran verja de hierro repujado bastante oxidada.
Trabajaba para una famosa galería de antigüedades desde hacía dos años, pero aún así su jefe nunca le había brindado la oportunidad de trabajar directamente con el cliente y poder hacerse con una suculenta cartera. Esta sería su gran oportunidad. Nerviosa, abrió de nuevo la carpeta con el dossier de su nuevo cliente que había sido preparado meticulosamente por la secretaria personal del dueño de la galería y leyó de nuevo todos y cada uno de los párrafos letra por letra, palabra por palabra.
El vendedor en este caso se trataba de un joven actor de poca monta francés que acababa de recibir una suculenta herencia de parte de la familia materna. Sus padres habían muerto hacía unos años en un terrible accidente de coche a las afueras de Hamburgo y como hijo único que era dilapidó la pequeña fortuna que le dejaron en una vida de libertinaje organizando fiestas y adquiriendo coches de gran cilindrada con los que asistía a la mayoría de los eventos de la alta sociedad de la capital francesa. Hace apenas un mes, al fallecer su abuela materna, el joven francés recibió de nuevo otra jugosa herencia: Unas propiedades en el interior y una antigua mansión decimonónica llena de recuerdos familiares de la que nada sabía.
Una de las mejores casas de subastas del país se había puesto en contacto con su galería para que hiciera inventario de todo lo que hubiera de valor y poder sacarlo al mercado antes de fin de año. Para eso estaba Carmen a punto de cruzar la verja de entrada y empezar con su trabajo.
Tras cruzar el descuidado jardín de entrada, Carmen se encontró con una increíble fachada de estilo colonial americano muy parecidas a las que se puedan encontrar en el barrio francés de Nueva Orleáns, pero totalmente inusuales en la península. Si no fuera porque se podía percibir el abandono en el que se encontraba ahora, la casa hubiera llamado la atención por su belleza romántica. La puerta de robusta madera estaba parcialmente abierta, así que Carmen cruzó el umbral y se plantó en el recibidor a la espera de su anfitrión.
- Hola, buenos días ¿hay alguien aquí?
- Bons jours mademoiselle, llega bastante temprano.
En lo alto de una gran escalinata que comunicaba el piso inferior con el superior apareció un joven apuesto vestido con un traje blanco. Con sutil gracia bajó lentamente los escalones saludó a Carmen con un leve beso en la mano y la pasó al interior.
- ¿Ha sido el viaje placentero señorita Costa?
- Bueno ha sido tranquilo.
Tras pasar unas puertas de doble hoja entraron en un salón comedor decorado muy al estilo medieval. Armaduras de diferentes siglos flanqueaban numerosas colecciones de espadas y arcos colgados en la pared por varias presillas de hierro. En el centro de la sala una gran mesa rectangular con varias sillas a su alrededor albergaba dos servicios preparados para la hora de comer. El joven francés señaló la silla de su izquierda y Carmen tomó asiento. Al momento personal de servicio se deslizó a sus espaldas y un apetitoso caldo de pollo humeaba en sus platos.
- ¿Qué le parece la colección de arte que poseo señorita Costa?
- Señor Faloux, he de decir que he quedado muy sorprendida, sinceramente. Sabía de la riqueza artística de su familia pero he de reconocer que todo esto rebasa mis expectativas.
- Realmente el arte siempre ha sido una debilidad en mi familia señorita Costa, desde varias generaciones mi familia ha atesorado innumerables joyas artísticas de incalculable valor en estos tiempos presentes. Desde cuadros de pintores consagrados que jamás han visto la luz hasta pequeñas filigranas de oro y piedras preciosas fabricadas por los joyeros más importantes de Francia y España. Y es que el arte puede ser un diminuto escorpión que cuando te pica estas perdido. ¿Y a usted cuando le pico el pequeño alacrán señorita Costa?
- Bueno si he de ser sincera todo empezó en el colegio de monjas donde estudié. Todo rodeado de antigüedades y con una hermosa basílica de estilo gótico donde rezábamos todas las mañanas.
- Ummm, interesante pasado el suyo señorita Costa. Sin duda alguna el arte cautiva de miles de maneras, pero ¿alguna vez ha oído alguna vez que el arte cobrara vida?
- Sinceramente no, señor Faloux.
- Pues acomódese en su butaca señorita Costa, porque lo que le voy a contar seguramente no venga en los libros de historia y posiblemente sean cuentos de viejas, pero como suelen decir ustedes los españoles cuando el río suena, agua lleva. Está la famosa historia de aquel pintor italiano cuyas obras cobraban vida una vez acabadas, pero esa historia no viene al caso y además no creo que haya mucho fondo auténtico en ella… Creo que la leyenda de la casa del millón de espíritus sea la más adecuada.
Corrían los primeros años de nuestra era cuando en la zona del Pirineo aragonés un poderoso druida se estableció huido de la Bretaña ocupada por las poderosas tropas de Julio Cesar. Tras levantar una casa de piedra a la orilla de un asentamiento Vaceo, comenzó con sus artes mágicas. Los lugareños asustados por los horribles ruidos y las extrañas luces que salían todas las noches por las ventanas, decidieron armarse de valor he ir a ver lo que allí acontecía. Armados con rudimentarias herramientas de trabajo cruzaron una noche el vado del río he irrumpieron en la casa del misterioso druida. Con los ojos atónitos contemplaron horrorizados como este anciano desangraba un bebe y se rociaba con su sangre mientras entonaba unos cánticos que subían de intensidad a medida que el ritual avanzaba. Y esto fue la gota que colmó el vaso para los campesinos. Con fuertes empujones sacaron al horrible brujo y en el medio de la villa lo quemaron sin ningún miramiento.
Mientras el cuerpo del anciano ardía, este todavía sacó fuerzas de flaqueza para echar una maldición que llegó al corazón de todos los presentes. Desde ese día hasta que el mundo muriera, esa casa se alimentaría de todo aquel ser humano que por sus proximidades apareciera.
Lo siguiente que se sabe es que los lugareños de la aldea vacea quemaron la casa por miedo a que la terrible maldición del desconocido druida se cumpliera.
Para poder continuar con la historia hay que referirse a un documento escrito por un historiador romano que doscientos años después narra las habladurías de un pequeño pueblo del sur de las montañas que separan Iberia del país galo que cuentan como en uno de los valles de la zona hay una aldea fantasma donde todos sus campesinos desaparecieron de la noche a la mañana y donde nadie ha vuelto a vivir.
Hay perdemos la pista de la llamada “casa encantada”. Varios siglos después encontramos de nuevo historias de peregrinos del camino de Santiago que cuentan como en una de las rutas se encuentra una misteriosa casa de acogida donde cualquier persona que se hospeda en ella desaparece sin dejar rastro.
Y año tras año, siglo tras siglo, la leyenda de la casa que aparece y se lleva la vida de todo aquel que mora en ella crece a ritmo vertiginoso por toda la geografía de la península. Hay referencias a ella tanto en el norte como en el sur, el este como en el oeste. Pero quizá la que mas impacte es la referida a la horrorosa guerra civil que sufristeis el siglo pasado, donde se cuenta como una compañía entera de milicianos republicanos se refugió en una gran casa de piedra situada a las afueras de un pueblo el cual iba a ser bombardeado por la aviación nacional. Después de tres duros días de bombardeo, las tropas del general Franco entraron en lo que quedaba del pueblo para no encontrar nada. Ni rastro de la compañía republicana y lo que es todavía un gran misterio ni rastro de la enorme casa de piedra situada en el camino de entrada. Peor suerte corrió aquel soldado republicano que, tras desertar de sus filas fue a informar al capital nacional de donde se encontraban hospedadas las desaparecidas tropas rojas, y todo por su supuesta mentira.
- Pero como ha dicho usted señor Faloux, no son más que cuentos de vieja, antiguas leyendas españolas.
- Puede ser señorita Costa, pero ¿y si después de todo fuera verdad? Tenga usted en cuenta que hay fuentes que pueden constatar la existencia de dicha casa.
- Siento desilusionarle señor Faloux pero no soy de ese tipo de personas que creen en ese tipo de cuentos que cuentan a los niños pequeños a la luz de una hoguera en un campamento de verano.
- Pues sinceramente señorita Costa debería creerlas, ya que está ahora mismo viviendo una de ellas.
Después de tres días sin tener noticias de la joven anticuaria, la compañía para la que trabajaba dio parte a la policía de su desaparición. Dos días después la Guardia Civil encontró su coche en una explanada de tierra cerca de un páramo rural donde acababa un antiguo sendero de caza. De la joven nunca se volvió a saber y su caso fue archivado años después.
Tres años más tarde una hermosa casa decimonónica restaurada se ponía a la venta en una apartada urbanización de la capital española.
jueves, 20 de agosto de 2009
La historia de Roberto
11 de Diciembre de 1984
Roberto era un niño infeliz. A sus ocho años había visto como gradualmente se convertía en un cero a la izquierda dentro del seno familiar. Y es que tras el nacimiento de su hermano César y posteriormente de la pequeña Celia, ojito derecho de su padre, nunca volvió a ser alguien importante dentro de la familia. Si a eso añadimos que en el colegio era prácticamente el hazmerreír de sus compañeros y que la falta de amigos tampoco ayuda mucho, se podría entender que por su joven e inexperta cabeza pasara la mala idea de fugarse.
Pero una fuga en condiciones requería un planteamiento serio. Así que durante varias semanas, Roberto se sentó delante de uno de sus cuadernos de clase y apuntó todo lo necesario para perpetuarla. Necesitaría víveres, el saco de dormir que le compraron sus padres la primera vez que se fue de acampada con el colegio y ropa de abrigo si para la llegada del invierno no había encontrado una nueva familia que le acogiera. De todas formas como el sabía que no era mal chico, esto no debería llevarle más de un par de semanas, lo que se tarda en llegar a una nueva ciudad y preguntar casa por casa quien se haría cargo de él.
Una vez rota la hucha, preparada la mochila y recogido el avituallamiento, Roberto cogió el primer autobús con matrícula capicúa y comenzó su aventura. Ya en la gran ciudad, el joven infante comprobó que quizá no iba a ser tan fácil encontrar una nueva familia como el pensaba. Las enormes avenidas surcadas de grandes edificios de ladrillo asustaban demasiado e ir puerta por puerta podía llevarle muchos días sino son meses, así que con el poco dinero que le quedaba volvió de nuevo a la estación de autobuses esperó a que apareciera el primer hombre o mujer de aspecto campechano y compró un billete a su mismo destino. Nada como un pueblecito donde todo el mundo se conoce y respeta o eso le decía siempre su abuela. Allí encontraría su lugar en el mundo, era un presentimiento.
Nada más apearse del autobús, Roberto vio desilusionado que el pueblo no era tan pequeño como aquel hombre con su boina y sus pantalones con tirantes daban a entender, y el dinero de sus ahorros no daba para mucho más. El sol hacía poco que se había escondido en el horizonte, así que se acercó a un parquecillo cercano estiró su saco de dormir, colocó la mochila encima para darse una pizca de calor y soñó que se encontraba en una familia nueva delante de un hermoso fuego de chimenea mientras la nieve caía al otro lado de la ventana y él abría una montaña de regalos de navidad, tan cercana a estas fechas.
Pasaron los días y todo seguía como siempre, lo único que había cambiado era la moral del joven Roberto que no daba para mucho más. No tenía dinero, no tenía comida y las noches frías de finales de otoño le daban bastante miedo, así que decidió imaginarse que a esas alturas en su casa ya le habrían echado de menos, sus padres estarían llorando a lágrima viva, su hermano Cesar preguntaría a todas horas tristón dónde se encontraba su hermanito mayor y la pequeña Celia, bueno la pequeña Celia no preguntaría nada a fin de cuentas era una niña de año y medio que apenas se da cuenta de lo que pasa a su alrededor.
Y en esas se encontraba Roberto, metido en su saco de dormir imaginando la situación familiar que debía estar pasando en su antigua morada cuando el sonido de unos arbustos le devolvieron a la realidad.
- ¿Qué haces ahí tumbado?
Roberto se incorporó un poco y buscó en la oscuridad el lugar de donde provenía la voz. La luna se encontraba en lo mas alto del negro firmamento, y aunque prácticamente todo el parque se podía ver sin necesidad de luz artificial, la espesura de alrededor estaba negra como el carbón.
- ¿Te ocurre algo?
- ¿Quién anda ahí?- Respondió Roberto.
De entre el frondoso follaje emergió una pequeña figura femenina enfundada en un camisón blanco impoluto. Sus pequeños pies descalzos flotaban entre las hojas marrones que poblaban el suelo. Nada más verla, Roberto sintió frío, ¿cómo podía salir de casa así con la gélida noche que había?
- Hola, no te asustes.
- No estoy asustado, solo es que no esperaba encontrar a nadie a estas horas de la noche.
- ¿Te apetece que juguemos un rato?
- ¿A estas horas, no deberías estar en casa durmiendo?
- Ahora es cuando mejor se puede jugar en el parque, no hay niños. Tenemos todos los columpios para nosotros solos.
- Me llamo Roberto.
- Yo soy Lily, encantada de conocerte.
Y pasaron los días. Todas las noches, puntual como un reloj suizo la pequeña
figura blanquecina de Lily asomaba por entre los arbustos como por arte de magia y las penas de Roberto se esfumaban en el acto. Siempre encontraban algo con lo que divertirse, una noche jugaron al escondite, otra recogieron castañas del suelo y tras apilarlas a un lado intentaron ver quien tenía mejor puntería lanzándolas sobre el objeto previamente asignado a tal efecto. Pero las noches en las que Roberto más se divertía eran aquellas en las que se sentaban en uno de los bancos que se alineaban a un lado del parque y hablaban de sus sueños largo y tendido como si el tiempo no existiera para ellos. Y era en ese instante cuando Roberto quería poder cogerla de la mano aunque sabía que nunca lo conseguiría.
Pero todo el mundo sabe que la alegría no dura eternamente. Una noche en la que Roberto abrazaba a su amiga y se disponía a disfrutar de su sesión nocturna de juegos una voz adulta rompió la calma nocturna. Lily se sobresaltó justo en el preciso instante en que una mujer apareció entre los matorrales envuelta en una bata de color rosa.
- Lily, ¿qué haces aquí a estas horas?
- Nada mama, solo estoy jugando.
- ¿Jugando sola en plena noche, es que has perdido la cabeza?
- Pero no estoy sola mama.
- ¿y se puede saber con quien andas? Como se entere tu padre se va a enfadar mucho.
- Mama, ¿te acuerdas esa historia que me contaste sobre aquel niño que encontraron muerto en el parque hace muchos años?
- ¿El chico que dormía en un saco de dormir? Aquello sucedió hace más de veinte años.
- Pues no te lo vas a creer, era muy simpático ¿sabes?
Roberto era un niño infeliz. A sus ocho años había visto como gradualmente se convertía en un cero a la izquierda dentro del seno familiar. Y es que tras el nacimiento de su hermano César y posteriormente de la pequeña Celia, ojito derecho de su padre, nunca volvió a ser alguien importante dentro de la familia. Si a eso añadimos que en el colegio era prácticamente el hazmerreír de sus compañeros y que la falta de amigos tampoco ayuda mucho, se podría entender que por su joven e inexperta cabeza pasara la mala idea de fugarse.
Pero una fuga en condiciones requería un planteamiento serio. Así que durante varias semanas, Roberto se sentó delante de uno de sus cuadernos de clase y apuntó todo lo necesario para perpetuarla. Necesitaría víveres, el saco de dormir que le compraron sus padres la primera vez que se fue de acampada con el colegio y ropa de abrigo si para la llegada del invierno no había encontrado una nueva familia que le acogiera. De todas formas como el sabía que no era mal chico, esto no debería llevarle más de un par de semanas, lo que se tarda en llegar a una nueva ciudad y preguntar casa por casa quien se haría cargo de él.
Una vez rota la hucha, preparada la mochila y recogido el avituallamiento, Roberto cogió el primer autobús con matrícula capicúa y comenzó su aventura. Ya en la gran ciudad, el joven infante comprobó que quizá no iba a ser tan fácil encontrar una nueva familia como el pensaba. Las enormes avenidas surcadas de grandes edificios de ladrillo asustaban demasiado e ir puerta por puerta podía llevarle muchos días sino son meses, así que con el poco dinero que le quedaba volvió de nuevo a la estación de autobuses esperó a que apareciera el primer hombre o mujer de aspecto campechano y compró un billete a su mismo destino. Nada como un pueblecito donde todo el mundo se conoce y respeta o eso le decía siempre su abuela. Allí encontraría su lugar en el mundo, era un presentimiento.
Nada más apearse del autobús, Roberto vio desilusionado que el pueblo no era tan pequeño como aquel hombre con su boina y sus pantalones con tirantes daban a entender, y el dinero de sus ahorros no daba para mucho más. El sol hacía poco que se había escondido en el horizonte, así que se acercó a un parquecillo cercano estiró su saco de dormir, colocó la mochila encima para darse una pizca de calor y soñó que se encontraba en una familia nueva delante de un hermoso fuego de chimenea mientras la nieve caía al otro lado de la ventana y él abría una montaña de regalos de navidad, tan cercana a estas fechas.
Pasaron los días y todo seguía como siempre, lo único que había cambiado era la moral del joven Roberto que no daba para mucho más. No tenía dinero, no tenía comida y las noches frías de finales de otoño le daban bastante miedo, así que decidió imaginarse que a esas alturas en su casa ya le habrían echado de menos, sus padres estarían llorando a lágrima viva, su hermano Cesar preguntaría a todas horas tristón dónde se encontraba su hermanito mayor y la pequeña Celia, bueno la pequeña Celia no preguntaría nada a fin de cuentas era una niña de año y medio que apenas se da cuenta de lo que pasa a su alrededor.
Y en esas se encontraba Roberto, metido en su saco de dormir imaginando la situación familiar que debía estar pasando en su antigua morada cuando el sonido de unos arbustos le devolvieron a la realidad.
- ¿Qué haces ahí tumbado?
Roberto se incorporó un poco y buscó en la oscuridad el lugar de donde provenía la voz. La luna se encontraba en lo mas alto del negro firmamento, y aunque prácticamente todo el parque se podía ver sin necesidad de luz artificial, la espesura de alrededor estaba negra como el carbón.
- ¿Te ocurre algo?
- ¿Quién anda ahí?- Respondió Roberto.
De entre el frondoso follaje emergió una pequeña figura femenina enfundada en un camisón blanco impoluto. Sus pequeños pies descalzos flotaban entre las hojas marrones que poblaban el suelo. Nada más verla, Roberto sintió frío, ¿cómo podía salir de casa así con la gélida noche que había?
- Hola, no te asustes.
- No estoy asustado, solo es que no esperaba encontrar a nadie a estas horas de la noche.
- ¿Te apetece que juguemos un rato?
- ¿A estas horas, no deberías estar en casa durmiendo?
- Ahora es cuando mejor se puede jugar en el parque, no hay niños. Tenemos todos los columpios para nosotros solos.
- Me llamo Roberto.
- Yo soy Lily, encantada de conocerte.
Y pasaron los días. Todas las noches, puntual como un reloj suizo la pequeña
figura blanquecina de Lily asomaba por entre los arbustos como por arte de magia y las penas de Roberto se esfumaban en el acto. Siempre encontraban algo con lo que divertirse, una noche jugaron al escondite, otra recogieron castañas del suelo y tras apilarlas a un lado intentaron ver quien tenía mejor puntería lanzándolas sobre el objeto previamente asignado a tal efecto. Pero las noches en las que Roberto más se divertía eran aquellas en las que se sentaban en uno de los bancos que se alineaban a un lado del parque y hablaban de sus sueños largo y tendido como si el tiempo no existiera para ellos. Y era en ese instante cuando Roberto quería poder cogerla de la mano aunque sabía que nunca lo conseguiría.
Pero todo el mundo sabe que la alegría no dura eternamente. Una noche en la que Roberto abrazaba a su amiga y se disponía a disfrutar de su sesión nocturna de juegos una voz adulta rompió la calma nocturna. Lily se sobresaltó justo en el preciso instante en que una mujer apareció entre los matorrales envuelta en una bata de color rosa.
- Lily, ¿qué haces aquí a estas horas?
- Nada mama, solo estoy jugando.
- ¿Jugando sola en plena noche, es que has perdido la cabeza?
- Pero no estoy sola mama.
- ¿y se puede saber con quien andas? Como se entere tu padre se va a enfadar mucho.
- Mama, ¿te acuerdas esa historia que me contaste sobre aquel niño que encontraron muerto en el parque hace muchos años?
- ¿El chico que dormía en un saco de dormir? Aquello sucedió hace más de veinte años.
- Pues no te lo vas a creer, era muy simpático ¿sabes?
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